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La obsesión del sillón mientras cruje la vida cotidiana

Metropolitano Online

Apenas ha transcurrido un puñado de meses desde el desembarco de la gestión libertaria en Balcarce 50 y, sin embargo, en los despachos donde se toman las decisiones la urgencia no parece pasar por el desplome de las ventas, las tarifas impagables que asfixian a la clase media ni la creciente morosidad de las familias para llenar la heladera.

La prioridad de la mesa chica del Gobierno es otra: la ingeniería electoral y los proyectos normativos que le permitan a Javier Milei abrir de par en par la puerta hacia la reelección

La escena resulta tan sintomática como reveladora. En medio de un escenario social al límite y de una interna feroz que expone los recelos entre la conducción oficialista y sus aliados más cercanos en el Congreso, el oficialismo decide concentrar sus energías políticas en garantizar la continuidad de su propio poder.

Las reuniones de la mesa política no se convocan para revisar los estragos del recorte sobre las universidades, los jubilados o el sector de la discapacidad; se estructuran para medir fidelidades territoriales, disciplinar a la tropa y diseñar la estrategia del segundo mandato

Hay una desconexión profunda entre las prioridades de la gestión y las angustias del país real. Mientras en los barrios populares y en los centros urbanos se hace malabares para llegar a fin de mes, la Casa Rosada acelera iniciativas legislativas orientadas a moldear el sistema electoral a la medida de sus necesidades.

La prisa por clausurar instancias de participación o adaptar las reglas de juego según la conveniencia del momento no responde a un afán de institucionalidad, sino al temor implícito a que el humor colectivo termine pasando la factura en las urnas.

El problema central de atornillarse al proyecto de la reelección en medio de una tormenta económica es que la legitimidad no se construye con cálculos de laboratorio ni con maniobras de palacio. Se sostiene con el bienestar concreto de la ciudadanía.

Pretender consolidar un proyecto político a largo plazo de espaldas a la realidad social, mientras la confianza pública muestra signos inocultables de erosión, es un ejercicio de soberbia que la historia argentina ha castigado más de una vez

Cuando un gobierno empieza a preocuparse más por perpetuarse en el sillón que por aliviar el sufrimiento cotidiano de su pueblo, la política deja de ser una herramienta de transformación para convertirse en una simple disputa por la supervivencia de la casta que prometieron combatir.

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