Por Maximiliano Arce
Por momentos pareció imposible. Como si una parte de la Argentina se negara a aceptar la noticia. Porque durante décadas Carlos Alberto Solari fue mucho más que un músico. Fue una voz que acompañó adolescencias, una bandera de rebeldía, una forma de mirar el mundo. Y cuando el viernes por la mañana se confirmó su muerte a los 77 años, millones de personas sintieron que algo propio se había ido para siempre.
Fue una voz que acompañó adolescencias, una bandera de rebeldía, una forma de mirar el mundo
El Indio Solari murió en su casa de Parque Leloir. La autopsia determinó que sufrió un ACV hemorrágico. La noticia se propagó con la velocidad de un rayo y, casi de inmediato, comenzaron las peregrinaciones espontáneas. No hubo convocatoria oficial. No hizo falta. Como tantas veces en la historia ricotera, el pueblo apareció solo.
Viernes: el silencio imposible
Durante la tarde del viernes, Plaza de Mayo se transformó en una gigantesca ceremonia popular. Miles de personas llegaron con banderas, remeras gastadas por los recitales, flores y lágrimas. Sonaron canciones de Los Redondos desde parlantes improvisados. Hubo abrazos entre desconocidos, familias enteras cantando y jóvenes que jamás habían visto al Indio en vivo pero que crecieron escuchándolo en sus casas.
Las redes sociales se llenaron de despedidas. Desde músicos hasta clubes de fútbol. Desde dirigentes políticos hasta artistas de todas las generaciones. Nadie quedó al margen. El país entero parecía hablar de una sola cosa
Mientras tanto, la familia anunciaba que habría una despedida pública. El desafío era enorme: encontrar un lugar capaz de contener una convocatoria que prometía ser histórica
La vigilia de los fieles
El sábado fue el día de la espera. Miles de personas comenzaron a viajar desde distintos puntos del país hacia Buenos Aires. Micros provenientes de Córdoba, Rosario, Mendoza, Neuquén, Tucumán y la Patagonia arribaban cargados de fanáticos.
Esa noche, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado decidieron seguir adelante con un recital programado en el sur argentino. La emoción atravesó cada canción. El Indio ya no estaba físicamente, pero su presencia parecía multiplicarse en cada verso cantado por la multitud.
En Villa Domínico, Avellaneda, comenzaron a concentrarse los primeros seguidores frente al Polideportivo José María Gatica. Algunos llevaron reposeras. Otros se acomodaron directamente sobre el asfalto. Nadie quería perderse el último adiós.
Muchos repetían una misma frase:»Esta va a ser la última misa». Y por primera vez esa expresión no hablaba de un recital
La despedida más grande del mundo
Apenas amaneció, las calles ya estaban colmadas. El velatorio comenzó por la mañana en el Polideportivo José María Gatica y desde las primeras horas las filas se extendían durante decenas de cuadras. Con el correr de la jornada, la cola llegó a superar los ocho kilómetros.
La familia publicó un mensaje que sintetizaba el espíritu de la jornada: «Habrá tiempo para que nadie se quede sin adiós». Y así fue.
«Habrá tiempo para que nadie se quede sin adiós»
Durante todo el día desfilaron trabajadores, jubilados, estudiantes, músicos, motociclistas, familias enteras y grupos de amigos que alguna vez compartieron una ruta para ver al Indio.
La lluvia apareció por momentos, pero nadie se movió. Las ofrendas se multiplicaban: flores, cartas, vinilos, entradas de recitales guardadas durante décadas, banderas de clubes y dibujos de niños.
Hubo escenas que parecían imposibles en la Argentina de hoy. Hinchas de Central y Newell’s abrazados. Fanáticos de River y Boca cantando juntos. Personas de distintas generaciones unidas por una misma canción
No era solamente el velatorio de un músico. Era la despedida de una parte de la cultura popular argentina
La madrugada final
Cuando cayó la noche, nadie se fue.Miles continuaron esperando bajo la lluvia para ingresar al estadio.
Las canciones seguían sonando. Los cánticos se repetían una y otra vez. Algunos lloraban en silencio. Otros levantaban los brazos hacia el cielo mientras entonaban fragmentos de canciones que ya forman parte de la memoria colectiva.
La despedida se extendió durante más de dieciséis horas
Recién cerca de las cuatro de la madrugada del lunes se cerraron las puertas. Los últimos fanáticos abandonaron lentamente el predio y la familia decidió dar por concluido el homenaje público.
El hombre que se volvió multitud
Quizás la imagen más poderosa de todo el fin de semana haya sido esa: cientos de miles de personas caminando bajo la lluvia para despedir a alguien que siempre eligió vivir lejos de los reflectores.
El Indio pasó buena parte de su vida escapando de la celebridad. Desconfiaba de los medios, evitaba las exposiciones innecesarias y defendía una austeridad que contrastaba con los mitos que se construyeron a su alrededor. Sin embargo, terminó convirtiéndose en algo mucho más grande que una estrella de rock.
Fue refugio para los desencantados, banda sonora de amistades eternas, compañero de viajes interminables y poeta de una generación que aprendió a encontrar sentido en sus metáforas
Por eso la despedida fue tan inmensa. Porque no se estaba yendo solamente un músico. Se iba una parte de la vida de millones. Y mientras las últimas luces del velatorio se apagaban en Villa Domínico, una frase parecía flotar sobre la multitud que lentamente emprendía el regreso a casa:
«Todo preso es político».
«Juguetes perdidos».
«El futuro llegó hace rato».
Versos que ya no pertenecen al Indio. Versos que ahora son del pueblo. Y quizá por eso, cuando terminó la última fila y se cerraron las puertas del estadio, nadie sintió que había asistido a un funeral. Sintieron que habían participado de la última misa ricotera.

