No quiero que mis hijos aprendan a mirar para otro lado
POR PAULA GINES
La persecución a mujeres travestis y trans en Palermo no es un hecho aislado que podamos despachar con un repudio. Es una señal de alarma sobre el país que estamos construyendo y sobre la sociedad que estamos dispuestos a tolerar.
Vi las imágenes de lo que pasó en Palermo y sentí bronca, tristeza y miedo. Miedo por las mujeres travestis y trans perseguidas, golpeadas y humilladas. Miedo por la naturalidad con la que algunos jóvenes parecen haber convertido la violencia en una diversión. Miedo por quienes filmaban, por quienes se reían, por quienes encontraron en la persecución de otras personas un motivo para celebrar.
Y pensé algo que me salió desde un lugar muy íntimo: no quiero vivir en esta sociedad. No quiero criar a mis hijos en una sociedad así.
No quiero que crezcan creyendo que hay vidas que valen menos que otras. No quiero que aprendan que burlarse de alguien por ser diferente es gracioso, que humillar es una forma de hacerse fuerte o que perseguir a quien no encaja en lo que algunos consideran normal puede convertirse en una aventura para contar en las redes. No quiero que naturalicen el desprecio ni que confundan la crueldad con la valentía.
Porque lo que pasó en Palermo no puede explicarse solamente por la conducta de un grupo de jóvenes. Hay algo más que deberíamos animarnos a mirar. ¿Qué estamos haciendo como sociedad para que alguien crea que puede perseguir a otro ser humano por su identidad y, además, sentirse orgulloso de mostrarlo?
Los discursos de odio no son inocentes. No son simplemente palabras fuertes, provocaciones o expresiones de una libertad que algunos invocan para justificar cualquier cosa. Las palabras construyen mundos. Van marcando quién merece respeto, quién molesta, quién sobra, quién puede estar y quién debería desaparecer de nuestra vista.
Primero nos reímos. Después dejamos de indignarnos. Más tarde empezamos a justificar. Y cuando queremos darnos cuenta, alguien se siente autorizado a levantar un palo, arrojar una piedra o salir a perseguir a otra persona.
El odio necesita que dejemos de ver al otro como alguien parecido a nosotros. Necesita convertirlo en una amenaza, en un problema, en alguien a quien se le pueden quitar derechos sin que eso nos quite el sueño.
La historia debería habernos enseñado algo. El nazismo no apareció de un día para otro ni comenzó directamente en los campos de exterminio. Antes hubo discursos, propaganda, estigmatización, construcción de enemigos y una sociedad que, progresivamente, fue aceptando que determinados seres humanos podían ser despojados de su dignidad.
No digo que lo que vivimos hoy sea lo mismo que aquella tragedia. La historia no admite comparaciones livianas. Pero sí hay mecanismos que conocemos demasiado bien: señalar al diferente, convertirlo en enemigo, quitarle humanidad y hacer que su persecución parezca legítima.
Un pueblo no se vuelve nazi de un día para otro. Se vuelve peligroso cuando empieza a aceptar que hay personas que merecen menos. Cuando la diferencia se transforma en amenaza y la violencia contra quienes son señalados deja de escandalizar.
Y eso debería preocuparnos profundamente.
Las mujeres travestis y trans que fueron atacadas no son una noticia pasajera, una imagen viral ni un espectáculo para las redes. Son personas. Tienen nombres, historias, familias, afectos, proyectos y derecho a vivir sin miedo. Tienen derecho a caminar por una plaza, a trabajar, a encontrarse con otras personas y a ocupar el espacio público sin tener que preguntarse si alguien va a perseguirlas por ser quienes son.
Hay algo particularmente perverso en que quienes ejercen la violencia la filmen y la compartan. Ya no se trata solamente de agredir: también parece existir la necesidad de exhibir la humillación del otro, de buscar aprobación, de conseguir risas y reconocimiento. Como si el sufrimiento ajeno fuera un contenido más. Como si la dignidad de una persona pudiera convertirse en entretenimiento.
Y no podemos fingir que esto ocurre en una sociedad ajena a los discursos que escuchamos todos los días. Cuando se ridiculiza la diversidad, cuando se cuestionan derechos conquistados, cuando se estigmatiza a determinados colectivos y cuando desde lugares de responsabilidad se habilita el desprecio, algo se rompe en la convivencia democrática.
No significa que cada persona que escucha un discurso de odio vaya a convertirse en agresora. Pero sí significa que los discursos públicos ayudan a establecer qué cosas se consideran aceptables, de qué podemos reírnos y contra quiénes parece que todo vale.
Por eso la responsabilidad no es solamente de quienes atacaron. También es de las instituciones que deben prevenir y actuar, de los medios que deciden cómo contar estas historias, de las plataformas que amplifican estos contenidos y de quienes tienen responsabilidades públicas y no pueden desentenderse de las consecuencias de sus palabras.
Como madre, como docente y como ciudadana, me pregunto qué les estamos enseñando a las nuevas generaciones. Porque educar no es solamente enseñar a leer, escribir, resolver problemas o incorporar conocimientos. También es enseñar a convivir, a reconocer al otro, a comprender que nadie tiene que pedir permiso para existir y que nuestros derechos no terminan donde comienza la vida de otra persona.
No quiero que mis hijos vivan en un país donde tengan que aprender a distinguir quién merece ser defendido y quién puede ser abandonado a su suerte. Quiero que vivan en una sociedad donde la diferencia no sea motivo de miedo, donde la libertad no sea un privilegio y donde la dignidad humana no dependa de la identidad, el cuerpo, la condición social o la mirada de los demás.
No alcanza con indignarnos durante unas horas, compartir una publicación y seguir con nuestras vidas. Tampoco alcanza con decir que son unos pocos, como si eso resolviera el problema. Hay que investigar, exigir justicia, acompañar a las víctimas y, fundamentalmente, discutir qué sociedad estamos construyendo.
Porque la democracia no se defiende solamente en las urnas, en el Congreso o en los tribunales. También se defiende en la calle, en las escuelas, en nuestras casas, en las conversaciones cotidianas y en cada ocasión en que decidimos no reírnos de la humillación ajena, no callarnos frente a la discriminación y no aceptar que alguien sea perseguido por ser quien es.
Pero no quiero que esta reflexión termine solamente en el miedo o en la tristeza. Me resisto a creer que esta sea la única sociedad posible. Hay otra que también existe y que vale la pena defender: la de quienes educan en el respeto, la de quienes acompañan, abrazan y cuidan, la de quienes se organizan para defender derechos, la de quienes no se acostumbran a la injusticia y levantan la voz cuando otros son silenciados. Esa sociedad también está en nuestras escuelas, en nuestros barrios, en nuestras familias y en cada gesto de solidaridad. Es ahí donde todavía tenemos mucho por hacer. Quiero criar a mis hijos en esa sociedad. Y quiero que seamos muchos más los que nos comprometamos a construirla. Porque el odio puede hacer mucho ruido, pero no tiene por qué tener la última palabra.








